Alejandro G. Roemmers: «Tenemos muchas más cosas que nos unen de las que a veces creemos» – EL DIARIO CANTABRIA

Alejandro G. Roemmers (Buenos Aires, 1958) es poeta, escritor y filántropo reconocido con el Premio San Francisco de Asís, que le ha llevado a conmemorar el VIII centenario de la muerte del santo con la iniciativa Un abrazo por la humanidad. El homenaje se realizó con un encuentro musical celebrado en Italia.

Laureado ahora con el premio «Madrid, Capital de Iberoamérica» en la categoría de Iniciativa Cultural, Roemmers reivindica en esta entrevista el amor, la empatía y la fraternidad como valores esenciales para construir una sociedad más humana y reflexiona sobre cómo trasladarlos a su literatura y sus iniciativas sociales.

Alejandro G. Roemmers, ha recibido el Premio San Francisco de Asís, siendo el único laico distinguido con este reconocimiento. ¿Qué significado tiene para usted y qué responsabilidad siente que conlleva?

Recibir el Premio San Francisco de Asís ha sido para mí un honor inmenso y, sobre todo, profundamente emotivo. Ser además el único laico distinguido le da un significado muy especial, porque lo entiendo como un reconocimiento que trasciende cualquier condición religiosa y habla de valores universales que podemos compartir todos.

Pero un reconocimiento así también implica una responsabilidad. La figura de San Francisco nos invita a mirar más allá de nosotros mismos, a vivir desde la fraternidad, la humildad, el respeto por los demás y por la naturaleza. Recibir un premio que lleva su nombre me anima a seguir intentando trasladar esos principios a mis proyectos y, sobre todo, a mi propia vida.

Por eso fue tan especial poder acompañar ese reconocimiento con el encuentro celebrado en Asís, uniendo música, fraternidad y un mensaje de paz en uno de los lugares más vinculados a la vida de San Francisco.

En el marco de los 800 años de la muerte de San Francisco de Asís, ha impulsado Un abrazo por la humanidad. ¿Por qué considera necesario recuperar hoy un gesto tan sencillo como el abrazo?

Precisamente porque es sencillo y universal. Un abrazo no necesita traducción, ideología ni explicación. Durante el encuentro que celebramos en Asís, frente a la Basílica de Santa María de los Ángeles, quisimos llevar esa idea a algo muy concreto. Mientras la Sinfónica de Santa Cecilia interpretaba Cántico de las Criaturas y Todos Hermanos, invitamos a todas las personas presentes a unirse en un abrazo fraterno.

Fue especialmente emocionante hacerlo en un lugar tan vinculado a San Francisco y a su mensaje de fraternidad. Ver a personas diferentes, creyentes y no creyentes, reunirse a través de la música y terminar abrazándose demuestra que todavía necesitamos espacios que nos recuerden lo que compartimos.

Un abrazo por la humanidad nace precisamente de ahí: en un momento en el que parece que todo nos invita a definirnos por aquello que nos separa, recuperar un gesto que nos recuerda que, antes que nuestras nacionalidades, creencias o culturas, somos seres humanos.

Después del Premio San Francisco de Asís y de Un abrazo por la humanidad, ¿qué le gustaría que permaneciera cuando desaparezca la atención mediática que generan estos acontecimientos?

El concierto de Asís fue un momento muy especial: reunir a sesenta músicos y un coro frente a la Basílica de Santa María de los Ángeles, escuchar  el Cántico de las Criaturas y Todos Hermanos y ver después a tantas personas sumarse a ese abrazo colectivo fue profundamente emocionante. Pero precisamente lo importante es que el mensaje no termine cuando termina la música.

Los actos pasan y la atención mediática también, pero las ideas pueden permanecer. Me gustaría que quedara esa invitación a recuperar la fraternidad en nuestra vida cotidiana: escuchar más, juzgar menos, acercarnos a quien piensa diferente y volver a dedicar tiempo a las personas que tenemos cerca.

No aspiro a que permanezca mi nombre asociado a una iniciativa, sino aquello que intentamos expresar en Asís: que tenemos muchas más cosas que nos unen de las que a veces creemos.

Usted habla con frecuencia de recuperar determinados valores humanos. ¿Cuáles considera que están hoy especialmente amenazados?

Me preocupa especialmente la pérdida de la escucha, de la empatía y de la capacidad de ponernos en el lugar del otro. Vivimos con mucha prisa y estamos sometidos a una cantidad enorme de estímulos. Eso puede llevarnos a reaccionar antes de comprender, a juzgar antes de conocer.

También creo que debemos recuperar el valor de la gratitud, de la solidaridad y del tiempo compartido. No porque estos valores hayan desaparecido, sino porque necesitan espacios para manifestarse. Y nuestra forma de vida actual no siempre nos permite detenernos para cultivarlos.

Los valores humanos son una constante tanto en su discurso como en su obra. ¿Cómo los traslada a la literatura sin que el mensaje se imponga sobre la historia?

Para mí es fundamental que la literatura no se convierta en un sermón. Cuando escribo no intento decirle al lector cómo debe vivir ni qué debe pensar. Intento contar una historia que le emocione y que, a través de los personajes y de lo que les sucede, pueda despertar determinadas preguntas.

Los valores funcionan cuando forman parte de la historia de manera natural. La amistad, el amor, la generosidad o la búsqueda de sentido no necesitan ser explicados constantemente porque forman parte de nuestra experiencia como seres humanos.

Creo que la literatura tiene precisamente esa capacidad: puede hacernos reflexionar sin imponernos una respuesta.

¿Hasta qué punto cree que la tecnología y las redes sociales están modificando nuestra manera de relacionarnos y de construir vínculos reales con los demás?

La están modificando profundamente. La tecnología nos ha proporcionado posibilidades extraordinarias y sería absurdo negarlo. Nos permite mantener relaciones a distancia, acceder al conocimiento y comunicarnos de formas que hace apenas unas décadas parecían imposibles.

El problema aparece cuando confundimos estar conectados con estar acompañados. Un vínculo necesita tiempo, atención, escucha y presencia. Ninguna herramienta tecnológica puede sustituir completamente eso.

No creo que debamos elegir entre tecnología o relaciones humanas. El desafío consiste en conseguir que la primera esté al servicio de las segundas.

Su documental Adictos a la pantalla aborda precisamente nuestra relación con los dispositivos digitales. ¿En qué momento percibió que el uso de las pantallas había dejado de ser únicamente una cuestión tecnológica para convertirse en un problema social?

Cuando comprendí que ya no estábamos hablando simplemente de una herramienta que utilizábamos, sino de algo que estaba empezando a modificar nuestros hábitos, nuestras relaciones e incluso la manera en la que administramos nuestra atención.

Basta observar algunas escenas cotidianas: familias enteras sentadas alrededor de una mesa mirando cada uno su teléfono, niños que necesitan una pantalla para comer o personas que sienten ansiedad cuando pasan unos minutos sin consultar el móvil.

Adictos a la pantalla nace de la necesidad de plantearnos una pregunta muy sencilla: ¿estamos utilizando nosotros la tecnología o estamos permitiendo que ella determine cada vez más cómo utilizamos nuestro tiempo?

Cuando hablamos de niños y adolescentes, ¿dónde situaría la responsabilidad: en las familias, en los centros educativos, en las plataformas tecnológicas o en las administraciones?

Creo que sería un error buscar un único responsable. Es una responsabilidad compartida.

Las familias tienen un papel esencial porque los primeros hábitos se adquieren en casa. Los centros educativos deben proporcionar herramientas para comprender y utilizar correctamente la tecnología. Las administraciones tienen que proteger especialmente a los menores, y las plataformas tampoco pueden desentenderse de las consecuencias que tienen los productos que diseñan.

Pero hay algo que no debemos olvidar: los adultos somos el primer ejemplo. No podemos pedir a los jóvenes que tengan una relación saludable con las pantallas si nosotros somos incapaces de dejar el teléfono a un lado.

¿Le preocupa que estemos formando una generación con acceso prácticamente ilimitado a la información pero con mayores dificultades para mantener la atención, leer en profundidad o tolerar el aburrimiento?

Sí, porque tener acceso a más información no significa necesariamente comprender mejor el mundo. Nunca habíamos tenido tanto conocimiento disponible de manera inmediata, pero precisamente por eso necesitamos aprender a detenernos, seleccionar, profundizar y reflexionar.

Y reivindicaría especialmente algo que hoy parece negativo: el aburrimiento. De niños, muchos momentos de creatividad nacían precisamente porque no teníamos nada que hacer. Inventábamos juegos, historias, mundos. Si llenamos cada segundo de estímulos, corremos el riesgo de perder ese espacio en el que aparece la imaginación.

Frente a este escenario, ¿cree que la literatura puede funcionar como un espacio de resistencia ante la inmediatez que imponen las pantallas?

Absolutamente. Leer exige algo que cada vez escasea más: atención sostenida. Un libro nos obliga a detenernos, imaginar y convivir durante un tiempo con otras voces y otras vidas.

Pero no me gusta plantearlo como una guerra entre libros y pantallas. La literatura no tiene que competir con la tecnología. Tiene que recordar que existe otra forma de relacionarnos con el tiempo.

Cuando un joven descubre un libro que realmente le emociona, deja de pensar en la lectura como una obligación. Entra en una historia y quiere permanecer en ella. Ese descubrimiento sigue siendo posible hoy exactamente igual que lo era hace cincuenta o cien años.

En El regreso del joven príncipe propone una mirada sobre valores como la amistad, el amor, la generosidad o el sentido de la vida. ¿Escribiría hoy ese libro de la misma manera que cuando nació?

Probablemente no exactamente de la misma manera, porque uno tampoco es exactamente la misma persona. Cada experiencia nos transforma y modifica nuestra manera de mirar el mundo.

Sin embargo, creo que conservaría intacta su esencia. En El regreso del joven príncipe formulo preguntas que no pertenecen a una época concreta: qué significa amar, qué valor tiene la amistad, cómo encontramos nuestro lugar en el mundo o qué hacemos con nuestros sueños.

Quizá cambiarían algunas palabras o situaciones, pero no cambiaría aquello que quería transmitir. De hecho, en una sociedad tan acelerada como la actual, creo que muchas de esas preguntas son incluso más necesarias.

Su trayectoria combina literatura, filantropía e iniciativas sociales. ¿Existe un hilo conductor entre todas esas facetas o las entiende como ámbitos independientes?

Existe un hilo conductor muy claro, y es el amor. Creo que el amor puede manifestarse de muchas maneras diferentes y que, en el fondo, todo lo que hacemos debería partir de esa voluntad de dar lo mejor de nosotros mismos y contribuir a mejorar el mundo que nos rodea.

A los 14 años escribí mi poema Eternamente enamorado, que comienza con una invitación a querer sin límites ni distinciones. Aquellas palabras siguen definiendo mi manera de entender la vida.

Para mí, amar no significa únicamente sentir afecto por alguien. Es también ayudar, compartir, escuchar, comprender y ponerse al servicio de los demás. Es una forma de estar en el mundo.

Por eso nunca he considerado que la literatura, la filantropía o las iniciativas sociales sean actividades independientes. Son distintas formas de expresar una misma convicción. A través de la literatura intento transmitir emociones y reflexiones; mediante la filantropía busco transformar ese sentimiento en acciones concretas; y con iniciativas como Un abrazo por la humanidad quiero recordar que todos estamos unidos por algo mucho más profundo que nuestras diferencias.

Creo que ese es también uno de los grandes mensajes de San Francisco de Asís: que el amor no debe quedarse en las palabras, sino manifestarse en nuestra relación con los demás y con todo lo que nos rodea.

EL DIARIO CANTABRIA

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Alejandro G. Roemmers: «Tenemos muchas más cosas que nos unen de las que a veces creemos» – EL DIARIO CANTABRIA

Alejandro G. Roemmers (Buenos Aires, 1958) es poeta, escritor y filántropo reconocido con el Premio San Francisco de Asís, que le ha llevado a conmemorar el VIII centenario de la muerte del santo con la iniciativa Un abrazo por la humanidad. El homenaje se realizó con un encuentro musical celebrado en Italia.

Laureado ahora con el premio «Madrid, Capital de Iberoamérica» en la categoría de Iniciativa Cultural, Roemmers reivindica en esta entrevista el amor, la empatía y la fraternidad como valores esenciales para construir una sociedad más humana y reflexiona sobre cómo trasladarlos a su literatura y sus iniciativas sociales.

Alejandro G. Roemmers, ha recibido el Premio San Francisco de Asís, siendo el único laico distinguido con este reconocimiento. ¿Qué significado tiene para usted y qué responsabilidad siente que conlleva?

Recibir el Premio San Francisco de Asís ha sido para mí un honor inmenso y, sobre todo, profundamente emotivo. Ser además el único laico distinguido le da un significado muy especial, porque lo entiendo como un reconocimiento que trasciende cualquier condición religiosa y habla de valores universales que podemos compartir todos.

Pero un reconocimiento así también implica una responsabilidad. La figura de San Francisco nos invita a mirar más allá de nosotros mismos, a vivir desde la fraternidad, la humildad, el respeto por los demás y por la naturaleza. Recibir un premio que lleva su nombre me anima a seguir intentando trasladar esos principios a mis proyectos y, sobre todo, a mi propia vida.

Por eso fue tan especial poder acompañar ese reconocimiento con el encuentro celebrado en Asís, uniendo música, fraternidad y un mensaje de paz en uno de los lugares más vinculados a la vida de San Francisco.

En el marco de los 800 años de la muerte de San Francisco de Asís, ha impulsado Un abrazo por la humanidad. ¿Por qué considera necesario recuperar hoy un gesto tan sencillo como el abrazo?

Precisamente porque es sencillo y universal. Un abrazo no necesita traducción, ideología ni explicación. Durante el encuentro que celebramos en Asís, frente a la Basílica de Santa María de los Ángeles, quisimos llevar esa idea a algo muy concreto. Mientras la Sinfónica de Santa Cecilia interpretaba Cántico de las Criaturas y Todos Hermanos, invitamos a todas las personas presentes a unirse en un abrazo fraterno.

Fue especialmente emocionante hacerlo en un lugar tan vinculado a San Francisco y a su mensaje de fraternidad. Ver a personas diferentes, creyentes y no creyentes, reunirse a través de la música y terminar abrazándose demuestra que todavía necesitamos espacios que nos recuerden lo que compartimos.

Un abrazo por la humanidad nace precisamente de ahí: en un momento en el que parece que todo nos invita a definirnos por aquello que nos separa, recuperar un gesto que nos recuerda que, antes que nuestras nacionalidades, creencias o culturas, somos seres humanos.

Después del Premio San Francisco de Asís y de Un abrazo por la humanidad, ¿qué le gustaría que permaneciera cuando desaparezca la atención mediática que generan estos acontecimientos?

El concierto de Asís fue un momento muy especial: reunir a sesenta músicos y un coro frente a la Basílica de Santa María de los Ángeles, escuchar  el Cántico de las Criaturas y Todos Hermanos y ver después a tantas personas sumarse a ese abrazo colectivo fue profundamente emocionante. Pero precisamente lo importante es que el mensaje no termine cuando termina la música.

Los actos pasan y la atención mediática también, pero las ideas pueden permanecer. Me gustaría que quedara esa invitación a recuperar la fraternidad en nuestra vida cotidiana: escuchar más, juzgar menos, acercarnos a quien piensa diferente y volver a dedicar tiempo a las personas que tenemos cerca.

No aspiro a que permanezca mi nombre asociado a una iniciativa, sino aquello que intentamos expresar en Asís: que tenemos muchas más cosas que nos unen de las que a veces creemos.

Usted habla con frecuencia de recuperar determinados valores humanos. ¿Cuáles considera que están hoy especialmente amenazados?

Me preocupa especialmente la pérdida de la escucha, de la empatía y de la capacidad de ponernos en el lugar del otro. Vivimos con mucha prisa y estamos sometidos a una cantidad enorme de estímulos. Eso puede llevarnos a reaccionar antes de comprender, a juzgar antes de conocer.

También creo que debemos recuperar el valor de la gratitud, de la solidaridad y del tiempo compartido. No porque estos valores hayan desaparecido, sino porque necesitan espacios para manifestarse. Y nuestra forma de vida actual no siempre nos permite detenernos para cultivarlos.

Los valores humanos son una constante tanto en su discurso como en su obra. ¿Cómo los traslada a la literatura sin que el mensaje se imponga sobre la historia?

Para mí es fundamental que la literatura no se convierta en un sermón. Cuando escribo no intento decirle al lector cómo debe vivir ni qué debe pensar. Intento contar una historia que le emocione y que, a través de los personajes y de lo que les sucede, pueda despertar determinadas preguntas.

Los valores funcionan cuando forman parte de la historia de manera natural. La amistad, el amor, la generosidad o la búsqueda de sentido no necesitan ser explicados constantemente porque forman parte de nuestra experiencia como seres humanos.

Creo que la literatura tiene precisamente esa capacidad: puede hacernos reflexionar sin imponernos una respuesta.

¿Hasta qué punto cree que la tecnología y las redes sociales están modificando nuestra manera de relacionarnos y de construir vínculos reales con los demás?

La están modificando profundamente. La tecnología nos ha proporcionado posibilidades extraordinarias y sería absurdo negarlo. Nos permite mantener relaciones a distancia, acceder al conocimiento y comunicarnos de formas que hace apenas unas décadas parecían imposibles.

El problema aparece cuando confundimos estar conectados con estar acompañados. Un vínculo necesita tiempo, atención, escucha y presencia. Ninguna herramienta tecnológica puede sustituir completamente eso.

No creo que debamos elegir entre tecnología o relaciones humanas. El desafío consiste en conseguir que la primera esté al servicio de las segundas.

Su documental Adictos a la pantalla aborda precisamente nuestra relación con los dispositivos digitales. ¿En qué momento percibió que el uso de las pantallas había dejado de ser únicamente una cuestión tecnológica para convertirse en un problema social?

Cuando comprendí que ya no estábamos hablando simplemente de una herramienta que utilizábamos, sino de algo que estaba empezando a modificar nuestros hábitos, nuestras relaciones e incluso la manera en la que administramos nuestra atención.

Basta observar algunas escenas cotidianas: familias enteras sentadas alrededor de una mesa mirando cada uno su teléfono, niños que necesitan una pantalla para comer o personas que sienten ansiedad cuando pasan unos minutos sin consultar el móvil.

Adictos a la pantalla nace de la necesidad de plantearnos una pregunta muy sencilla: ¿estamos utilizando nosotros la tecnología o estamos permitiendo que ella determine cada vez más cómo utilizamos nuestro tiempo?

Cuando hablamos de niños y adolescentes, ¿dónde situaría la responsabilidad: en las familias, en los centros educativos, en las plataformas tecnológicas o en las administraciones?

Creo que sería un error buscar un único responsable. Es una responsabilidad compartida.

Las familias tienen un papel esencial porque los primeros hábitos se adquieren en casa. Los centros educativos deben proporcionar herramientas para comprender y utilizar correctamente la tecnología. Las administraciones tienen que proteger especialmente a los menores, y las plataformas tampoco pueden desentenderse de las consecuencias que tienen los productos que diseñan.

Pero hay algo que no debemos olvidar: los adultos somos el primer ejemplo. No podemos pedir a los jóvenes que tengan una relación saludable con las pantallas si nosotros somos incapaces de dejar el teléfono a un lado.

¿Le preocupa que estemos formando una generación con acceso prácticamente ilimitado a la información pero con mayores dificultades para mantener la atención, leer en profundidad o tolerar el aburrimiento?

Sí, porque tener acceso a más información no significa necesariamente comprender mejor el mundo. Nunca habíamos tenido tanto conocimiento disponible de manera inmediata, pero precisamente por eso necesitamos aprender a detenernos, seleccionar, profundizar y reflexionar.

Y reivindicaría especialmente algo que hoy parece negativo: el aburrimiento. De niños, muchos momentos de creatividad nacían precisamente porque no teníamos nada que hacer. Inventábamos juegos, historias, mundos. Si llenamos cada segundo de estímulos, corremos el riesgo de perder ese espacio en el que aparece la imaginación.

Frente a este escenario, ¿cree que la literatura puede funcionar como un espacio de resistencia ante la inmediatez que imponen las pantallas?

Absolutamente. Leer exige algo que cada vez escasea más: atención sostenida. Un libro nos obliga a detenernos, imaginar y convivir durante un tiempo con otras voces y otras vidas.

Pero no me gusta plantearlo como una guerra entre libros y pantallas. La literatura no tiene que competir con la tecnología. Tiene que recordar que existe otra forma de relacionarnos con el tiempo.

Cuando un joven descubre un libro que realmente le emociona, deja de pensar en la lectura como una obligación. Entra en una historia y quiere permanecer en ella. Ese descubrimiento sigue siendo posible hoy exactamente igual que lo era hace cincuenta o cien años.

En El regreso del joven príncipe propone una mirada sobre valores como la amistad, el amor, la generosidad o el sentido de la vida. ¿Escribiría hoy ese libro de la misma manera que cuando nació?

Probablemente no exactamente de la misma manera, porque uno tampoco es exactamente la misma persona. Cada experiencia nos transforma y modifica nuestra manera de mirar el mundo.

Sin embargo, creo que conservaría intacta su esencia. En El regreso del joven príncipe formulo preguntas que no pertenecen a una época concreta: qué significa amar, qué valor tiene la amistad, cómo encontramos nuestro lugar en el mundo o qué hacemos con nuestros sueños.

Quizá cambiarían algunas palabras o situaciones, pero no cambiaría aquello que quería transmitir. De hecho, en una sociedad tan acelerada como la actual, creo que muchas de esas preguntas son incluso más necesarias.

Su trayectoria combina literatura, filantropía e iniciativas sociales. ¿Existe un hilo conductor entre todas esas facetas o las entiende como ámbitos independientes?

Existe un hilo conductor muy claro, y es el amor. Creo que el amor puede manifestarse de muchas maneras diferentes y que, en el fondo, todo lo que hacemos debería partir de esa voluntad de dar lo mejor de nosotros mismos y contribuir a mejorar el mundo que nos rodea.

A los 14 años escribí mi poema Eternamente enamorado, que comienza con una invitación a querer sin límites ni distinciones. Aquellas palabras siguen definiendo mi manera de entender la vida.

Para mí, amar no significa únicamente sentir afecto por alguien. Es también ayudar, compartir, escuchar, comprender y ponerse al servicio de los demás. Es una forma de estar en el mundo.

Por eso nunca he considerado que la literatura, la filantropía o las iniciativas sociales sean actividades independientes. Son distintas formas de expresar una misma convicción. A través de la literatura intento transmitir emociones y reflexiones; mediante la filantropía busco transformar ese sentimiento en acciones concretas; y con iniciativas como Un abrazo por la humanidad quiero recordar que todos estamos unidos por algo mucho más profundo que nuestras diferencias.

Creo que ese es también uno de los grandes mensajes de San Francisco de Asís: que el amor no debe quedarse en las palabras, sino manifestarse en nuestra relación con los demás y con todo lo que nos rodea.

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