Leer a Borges sin prisa (Alejandro G. Roemmers)

En un tiempo que nos dispersa, la letra diminuta de sus manuscritos y las calles de Ginebra recuerdan por qué su obra sigue interpelándonos.

Vivimos rodeados de imágenes que duran un segundo y de mensajes que exigen respuesta inmediata. La prisa nos saca de nosotros mismos una y otra vez. Por eso, cada vez que vuelvo a Borges, siento que me devuelve algo que el mundo de hoy nos quita: el tiempo para pensar quienes somos.

Los escritores no mueren mientras alguien los siga leyendo. Cuando alguien cita uno de sus versos o repita una de sus frases, vuelven entre nosotros. Borges, que murió hace ya cuarenta años, nunca ha estado tan vivo. Cada lector que abre una de sus páginas le rinde homenaje en todas las lenguas.

Este año tuve el privilegio de acercarme a él de dos maneras: llevando su letra a Madrid y caminando sus pasos en Ginebra.

La letra que pide permiso

En junio, con motivo del aniversario de su muerte, presentamos en la Biblioteca Eugenio Trías de Madrid la muestra Borges. Años de esplendor literario. Reúne reproducciones fieles de manuscritos de los relatos que, entre mediados de los años treinta y comienzos de los cincuenta, cambiaron la literatura en español, como «Las ruinas circulares», «La lotería en Babilonia», «La muerte y la brújula», «El milagro secreto», «Emma Zunz», «El inmortal». 

Lo que más conmueve al visitante es la letra. Una letra diminuta, que casi tímidamente pide permiso para expresarse, a veces tan pequeña que cuesta leerla a simple vista. Mario Vargas Llosa, que dedicó a esta colección unas palabras que hoy abren el libro Borges. La colección, se emocionaba al ver cómo de esos textos que parecían escritos por un niño surgía una literatura nueva.

Hay en la muestra una pieza que me resulta especialmente querida: «Historia de los dos reyes y los dos laberintos», escrita a mano en un pequeño carnet que había pertenecido a su abuela inglesa, Fanny Haslam, con un laberinto dibujado por el propio Borges. Ahí está todo él: la herencia familiar, las dos lenguas, el juego infinito.

Rescatar, preservar, compartir

Me preguntan a menudo por qué reunir un archivo así. Nunca fue un deseo de posesión. Junto a Alejandro Vaccaro, que dedicó más de cinco décadas a construir esta colección de más de treinta mil piezas, quisimos rescatar ese material, preservarlo, mantenerlo unido y abrirlo al público. Estos tesoros no podían quedarse en un baúl y caer en el olvido. Pertenecen a sus lectores, a los estudiantes, a los investigadores, y sobre todo a su ciudad, que siempre fue Buenos Aires. Antes de llegar a Madrid, la colección ha viajado a Londres, Alejandría, Jerusalén, Varsovia o Sídney. Hoy está digitalizada para que algún día esté al servicio de todos.

Ginebra, la ciudad más propicia a la felicidad

De Madrid viajé a Ginebra. Recorrí la ciudad vieja, en la parte alta, junto a la catedral de San Pedro. Partimos de la casa donde vivió de adolescente, frente a una iglesia ortodoxa rusa de cúpulas doradas, y pasamos por el Colegio Calvino, donde estudió latín y francés.

Borges llegó a Ginebra con quince años. Me reconocí en él, porque yo también dejé Buenos Aires a esa edad, rumbo a Madrid, y Madrid me abrió toda su cultura y su literatura. A Borges le ocurrió aquí: descubrió corrientes de pensamiento y de literatura que lo marcaron para siempre. Por eso escribió que, de todas las ciudades, Ginebra le parecía la más propicia a la felicidad. Esas palabras lo recuerdan hoy en una placa junto a la casa donde pasó sus últimos días, a pocos pasos de donde nació Rousseau.

El azar quiso que ese día el cementerio de Plainpalais, donde descansa, estuviera cerrado. No pudimos llegar a su tumba. Y sentí que ese también era un gesto muy borgiano: cuando creemos que vamos a desvelar el misterio, se nos abre otro. Como en un laberinto, o en un jardín de senderos que se bifurcan, cada nueva curva nos lleva a lugares impensados. Junto a la tumba, en un acto íntimo, se leyó «Cuarenta silencios», un poema que escribí para él.

Leer a Borges, hoy

«El otro» cuenta el encuentro del Borges anciano con el Borges joven. Siempre me ha parecido una invitación a algo que todos necesitamos: integrar al ser público y al ser íntimo que llevamos dentro. Mientras no confluyen, no somos del todo auténticos ni estamos del todo presentes.

Vuelvo así a la prisa del principio. Por eso recomiendo leer a Borges hoy más que nunca. Su obra nos interpela, nos hace pensar y nos obliga a preguntarnos cómo estamos viviendo. En un tiempo que nos dispersa con la imagen, la prisa y la inmediatez, que nos saca continuamente de nosotros mismos, su literatura es un desafío no solo intelectual, sino también para nuestro ser más profundo.

Borges decía que otros se jactan de los libros que han escrito y que él se enorgullecía de los que había leído. Quizá el mejor homenaje sea también el más sencillo: abrir uno de sus libros y dejar que nos lea.

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Leer a Borges sin prisa (Alejandro G. Roemmers)

En un tiempo que nos dispersa, la letra diminuta de sus manuscritos y las calles de Ginebra recuerdan por qué su obra sigue interpelándonos.

Vivimos rodeados de imágenes que duran un segundo y de mensajes que exigen respuesta inmediata. La prisa nos saca de nosotros mismos una y otra vez. Por eso, cada vez que vuelvo a Borges, siento que me devuelve algo que el mundo de hoy nos quita: el tiempo para pensar quienes somos.

Los escritores no mueren mientras alguien los siga leyendo. Cuando alguien cita uno de sus versos o repita una de sus frases, vuelven entre nosotros. Borges, que murió hace ya cuarenta años, nunca ha estado tan vivo. Cada lector que abre una de sus páginas le rinde homenaje en todas las lenguas.

Este año tuve el privilegio de acercarme a él de dos maneras: llevando su letra a Madrid y caminando sus pasos en Ginebra.

La letra que pide permiso

En junio, con motivo del aniversario de su muerte, presentamos en la Biblioteca Eugenio Trías de Madrid la muestra Borges. Años de esplendor literario. Reúne reproducciones fieles de manuscritos de los relatos que, entre mediados de los años treinta y comienzos de los cincuenta, cambiaron la literatura en español, como «Las ruinas circulares», «La lotería en Babilonia», «La muerte y la brújula», «El milagro secreto», «Emma Zunz», «El inmortal». 

Lo que más conmueve al visitante es la letra. Una letra diminuta, que casi tímidamente pide permiso para expresarse, a veces tan pequeña que cuesta leerla a simple vista. Mario Vargas Llosa, que dedicó a esta colección unas palabras que hoy abren el libro Borges. La colección, se emocionaba al ver cómo de esos textos que parecían escritos por un niño surgía una literatura nueva.

Hay en la muestra una pieza que me resulta especialmente querida: «Historia de los dos reyes y los dos laberintos», escrita a mano en un pequeño carnet que había pertenecido a su abuela inglesa, Fanny Haslam, con un laberinto dibujado por el propio Borges. Ahí está todo él: la herencia familiar, las dos lenguas, el juego infinito.

Rescatar, preservar, compartir

Me preguntan a menudo por qué reunir un archivo así. Nunca fue un deseo de posesión. Junto a Alejandro Vaccaro, que dedicó más de cinco décadas a construir esta colección de más de treinta mil piezas, quisimos rescatar ese material, preservarlo, mantenerlo unido y abrirlo al público. Estos tesoros no podían quedarse en un baúl y caer en el olvido. Pertenecen a sus lectores, a los estudiantes, a los investigadores, y sobre todo a su ciudad, que siempre fue Buenos Aires. Antes de llegar a Madrid, la colección ha viajado a Londres, Alejandría, Jerusalén, Varsovia o Sídney. Hoy está digitalizada para que algún día esté al servicio de todos.

Ginebra, la ciudad más propicia a la felicidad

De Madrid viajé a Ginebra. Recorrí la ciudad vieja, en la parte alta, junto a la catedral de San Pedro. Partimos de la casa donde vivió de adolescente, frente a una iglesia ortodoxa rusa de cúpulas doradas, y pasamos por el Colegio Calvino, donde estudió latín y francés.

Borges llegó a Ginebra con quince años. Me reconocí en él, porque yo también dejé Buenos Aires a esa edad, rumbo a Madrid, y Madrid me abrió toda su cultura y su literatura. A Borges le ocurrió aquí: descubrió corrientes de pensamiento y de literatura que lo marcaron para siempre. Por eso escribió que, de todas las ciudades, Ginebra le parecía la más propicia a la felicidad. Esas palabras lo recuerdan hoy en una placa junto a la casa donde pasó sus últimos días, a pocos pasos de donde nació Rousseau.

El azar quiso que ese día el cementerio de Plainpalais, donde descansa, estuviera cerrado. No pudimos llegar a su tumba. Y sentí que ese también era un gesto muy borgiano: cuando creemos que vamos a desvelar el misterio, se nos abre otro. Como en un laberinto, o en un jardín de senderos que se bifurcan, cada nueva curva nos lleva a lugares impensados. Junto a la tumba, en un acto íntimo, se leyó «Cuarenta silencios», un poema que escribí para él.

Leer a Borges, hoy

«El otro» cuenta el encuentro del Borges anciano con el Borges joven. Siempre me ha parecido una invitación a algo que todos necesitamos: integrar al ser público y al ser íntimo que llevamos dentro. Mientras no confluyen, no somos del todo auténticos ni estamos del todo presentes.

Vuelvo así a la prisa del principio. Por eso recomiendo leer a Borges hoy más que nunca. Su obra nos interpela, nos hace pensar y nos obliga a preguntarnos cómo estamos viviendo. En un tiempo que nos dispersa con la imagen, la prisa y la inmediatez, que nos saca continuamente de nosotros mismos, su literatura es un desafío no solo intelectual, sino también para nuestro ser más profundo.

Borges decía que otros se jactan de los libros que han escrito y que él se enorgullecía de los que había leído. Quizá el mejor homenaje sea también el más sencillo: abrir uno de sus libros y dejar que nos lea.

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