Por Alejandro G. Roemmers
El lunes 19 de octubre se cumple un año del robo de las joyas de la Corona
francesa en el Louvre, pero el arte robado no ha dejado de ser noticia. El
pasado 8 de septiembre, dos ladrones asaltaron el Museo Renoir de Cagnes-
sur-Mer, en la Riviera francesa.
Como todo acontecimiento sensacional en el mundo de las redes sociales,
cada robo se vuelve viral y nos inundan cientos y miles de vídeos, comentarios
y parodias. Pero esta realidad no es ni reciente ni exclusiva de nuestros
tiempos. Los saqueadores de tumbas ya eran un quebradero de cabeza en el
Egipto faraónico, donde se diseñaban trampas y se tomaban medidas para
evitar el expolio. Todas sin éxito, por cierto. En el siglo XIX, cuando los
arqueólogos europeos empezaron a investigar las tumbas, no encontraron
prácticamente ni una intacta.
Los objetos artísticos siempre han despertado una fascinación en la humanidad
difícil de definir. No es solo su belleza, y desde luego no puede reducirse al
valor económico. También hay una mezcla de megalomanía, admiración por lo
irrepetible y la atracción por la historia que contienen… Ese aura de la que
hablaba Walter Benjamin. Debe haber muchos motivos que varían en cada
robo: el lucro, el afán coleccionista, cierta irreverencia o incluso una forma de
rebeldía ante el orden social.
Los objetos artísticos son mucho más que una pieza: una ventana a la historia,
una conexión con otras personas, un vínculo emotivo con quienes se
emocionan al verlos. Son una fuente de inspiración, acompañamiento y
aprendizaje. Escuchar una melodía en un instrumento irrepetible nos
conmueve; identificar nuestras propias emociones en los rostros de un cuadro
nos reconforta. Las piezas artísticas nos conectan con un pasado común, pero
también abren la puerta a un futuro compartido, y eso es especialmente
necesario en este contexto intangible y digital.
La fascinación por los objetos
Esa atracción por las piezas, artísticas o no, se refleja en la llamada «literatura
de objetos» o «novela de circulación», de la que habla Mario Vargas Llosa en
su último escrito en vida, el prólogo a El misterio del último Stradivarius. «Este
género, que tiene su origen en la Inglaterra del siglo XVIII, tiene como
protagonistas los objetos inanimados, "cosas" que podían ser intercambiadas,
compradas, vendidas, regaladas o legadas y que en el curso de una narración
pasaban de mano en mano, a veces de generación en generación. Alrededor
de estos objetos comparecían personajes humanos y se desarrollaban hechos
y situaciones, pero aquellos seguían siendo el eje de la narración».
Sin duda, si hay una serie de objetos que han causado fascinación de manera
constante, son los instrumentos que diseñó Stradivari, sobre todo los violines.
La maestría del luthier, la perfección de los materiales, la técnica innovadora…
el sonido de los Stradivarius ha inspirado y conmovido a todas las
generaciones, encarnando la tensión entre lo humano y lo inalcanzable.
Aunque se siguen fabricando Stradivarius siguiendo la técnica exacta del
cremonés, hay que admitir que no tienen el mismo aura. Y quizá ahí resida
parte de su poder magnético: en su capacidad de contener tiempo. En un
Stradivarius original suena, en cierto modo, el eco del siglo XVIII; su vibración
lleva la memoria de todas las salas donde resonó, de los músicos que lo
tocaron, de las lágrimas y los aplausos que provocó. En un mundo que olvida
con facilidad, un objeto así se convierte en una forma de resistencia: un
fragmento de eternidad.
El impulso de poseer lo irrepetible
Quizá por eso, de los más de mil instrumentos que salieron del taller de Antonio
Stradivari, se conservan apenas unos 600 o 650. Muchos se han destrozado o
perdido con el paso del tiempo, pero tantos otros han sido robados, y algunos
siguen sin aparecer.
Uno de los ejemplos más sonados es el violín Mendelssohn, que desapareció
de una caja fuerte de Berlín al final de la Segunda Guerra Mundial y del que no
se supo nada durante décadas. Según una investigación difundida el verano
pasado, los expertos creen que es el mismo que desde 2005 está en manos de
un violinista japonés, que lo adquirió bajo otro nombre. La familia Mendelssohn-
Bohnke aspira a alcanzar un acuerdo.
Este mismo año ha surgido un enigma parecido en torno al Lauterbach, un
Stradivarius de 1719 que soldados nazis robaron en 1944 en el Museo
Nacional de Varsovia. Una experta que lo busca desde hace años cree haberlo
reconocido el pasado 31 de marzo en un concierto celebrado en Colmar, en el
noreste de Francia. Los organizadores lo niegan y aseguran que se trata de
otro Stradivarius de 1719. Quién tiene razón es, por ahora, un misterio más.
No son los únicos violines rodeados de una trepidante historia de thriller
policiaco. El «Lipinski Stradivarius» fue robado en 2014 al violinista Frank
Almond en el parking de la sala de conciertos donde acababa de actuar. Tras
inmovilizarle con una pistola eléctrica, los dos asaltantes se llevaron el violín,
aunque afortunadamente fueron detenidos a los pocos días y se recuperó el
instrumento.
Otra historia digna de ficción es el violín de Roman Totenberg, que desapareció
de su oficina en 1980. No se recuperó hasta 35 años después y por la más
pura casualidad. Una mujer lo heredó de su marido, también violinista y
conocido de Totenberg, y, sin saber el tesoro que poseía, lo llevó a tasar.
Totenberg había fallecido hacía tres años, pero el Stradivarius pudo volver a su
familia.
Los objetos materiales en la era digital
Todas estas tramas nos recuerdan la fragilidad de los objetos artísticos.
Hablamos de violines, pero podría ser cualquier pieza de arte. La pérdida no es
solo material, también espiritual. Y es que robar objetos artísticos siempre ha
sido un delito en cualquier momento histórico, pero debería considerarse aún
más grave en una época en la que todo es cada vez más intangible y caótico.
Parece que ahora las colecciones físicas son un bien casi de lujo, limitadas
solo a aquellas personas que tienen el espacio, y el dinero, para mantenerlas.
Fotos, música, películas, libros… todo lo almacenamos en la nube. Frente a
esta experiencia a través de las pantallas, los museos cobran aún más valor
como espacios donde admirar la belleza en directo y de manera compartida.
Un año después del robo, el propio presidente del Louvre, Christophe Leribault,
admite que no existe una solución milagrosa para garantizar la seguridad del
museo y reclama un gran plan de renovación. La Galería de Apolo reabrió en
julio, pero sin los objetos valiosos que albergaba: un espacio que sigue en pie,
aunque ya no lo habita aquello que lo hacía irrepetible.
Disfrutar y aprender en los museos, emocionarnos con el público en un
auditorio, son experiencias que nos conectan con las personas y con el mundo.
Nos obligan, y nos ayudan, a dejar a un lado la pantalla y mirar hacia fuera, nos
atan a un aquí y ahora donde nada más está ocurriendo. Frente al horror del
mundo, la belleza nos centra, nos ancla y nos sirve de evasión. Hay algo muy
reconfortante en escuchar un sonido que lleva sonando varios siglos y que, si
nada va mal, seguirá unos cuantos más.
Por eso, el robo de arte conmueve más que otros delitos. Porque roba algo que
no se puede reemplazar: la emoción común, la posibilidad de admirar juntos.
Cada pieza desaparecida nos recuerda que la cultura no es un lujo, sino un
bien vital, tan esencial como el aire o la memoria.
Alejandro G. Roemmers es escritor y autor de El misterio del último Stradivarius
(Planeta, 2025), novela con prólogo póstumo de Mario Vargas Llosa.




